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Despertar de la pesadilla

Yo vivo sola. Mi dormitorio es la última habitación del departamento. Mi cama está en la última esquina. En el último lugar. En donde sería imposible escapar. Allí, atrapada en el último rincón, si alguien me fuese acorralando mi cama sería el resquicio final. Donde no hay salida. Huir, aunque fuese por la ventana, implicaría pasar sobre mi enemigo.

Entonces abro los ojos en mitad de la noche. Noto que me dormí con las luces de la casa prendidas y un movimiento en el pasillo me llama la atención. Una sombra. Entra en el marco de la puerta un niño. Está serio, parado en la entrada a mi habitación. Me mira. Sus ojos son la imagen del mal. Un niño que no es un niño. Un monstruo que empieza a acercarse a mi cama. Mi única salida sería enfrentarlo, pero no es un niño normal. Es sólo la forma. Se acerca despacio pero inexorablemente. Empiezo a levantarme cuando sucede lo más terrible: un sonido a espaldas de la criatura hace que se dé vuelta. Miro su rostro de furia inmutable que mira algo. Algo que se acerca. Algo que está con él. El niño lo espera. Sonríe. Gira la cabeza. Me mira y la sonrisa es una mueca diabólica. Retorna su marcha hacia mí. Intento gritar pero la voz no me sale. Otra sombra entra en escena y no veo más nada.

Me despierto en plena oscuridad. Aliviada enciendo la luz.
Parado junto a mi cama, sonriendo, está el niño.

Asesinando a Freud

Sueño que un asesino serial, nos tiene atrapadas a dos amigas y a mí en su casa del medio del bosque.
Todas las habitaciones están llenas de artilugios mecánicos para que cada vez que vaya a comprar provisiones no podamos escapar, pero una de las chicas logra sortear una de estas trampas y desactiva todo el resto.
Libres y justo ahora se oye el motor del auto de nuestro captor que vuelve.
Calculadamente, esperamos que esté dentro para atacarlo.
Una le da un palazo en la cabeza que lo tira aturdido al suelo mientras otra lo golpea por todo el cuerpo.
Yo doy la estocada final: le clavo sin dudarlo y sin sentimientos, una afilada y brillante cuchilla dos veces en el corazón.
Me sorprende lo fácil que se abre paso la hoja a través de la carne. Como si entrase deslizándose en un pan de manteca.
-hay que esconder el cuerpo antes de que empiece a llegar la gente -dice una de las chicas.
Entre las tres sacamos el cadáver fuera.
Cuatro niños que juegan entre los árboles nos acercan unas antorchas.
-"quémenla" antes de que despierte -nos ordenan.
Y quemamos a la bruja vieja con pelo de estopa amarilla que chilla y chilla mientras se derrite como se derriten todas las brujas, pero sin agua.
-esto no está nada bien -comenta una de mis amigas- porque en realidad las brujas no existen.
-¿y entonces a quién asesinamos? -pregunto.
-al asesino -responde la otra.
Mientras subimos la loma que separa aquel bosque de mi edificio en el centro de la ciudad, pienso en que ahora ya sé lo que es matar porque he matado a dos personas aunque una no haya existido nunca.
-cuando llegue a casa voy a escribir sobre esto -me digo.
Pero no escribo nada.


Del cielo, de los áizenbergs y del olvido

Mi amigo y yo, nos acostamos a dormir una siesta. Hablamos un rato sobre su dificultad para recordar los sueños, hasta que se durmió.
Hablando dormido, dijo las siguientes palabras:
-"Vuela como un aizenberg*, sin alas".
En seguida me dormí yo y tuve este sueño:
Estamos en la larga galería de un antiguo edificio abandonado. Por los ventanales entra el sol a chorros.
-¿te das cuenta de que esto es un sueño? -le pregunto eufórica a mi compañero.
-¿te parece?... no sé... no estoy seguro...
-¡estamos soñando! ¡estamos soñando los dos lo mismo y si queremos nos podemos tirar por la ventana y podemos volar!
-sí, qué sé yo... no sé...
-¡mirá! -le digo yo lanzándome al vacío.
Mientras revoloteo en círculos por el patio interno del colegio (porque ahora me doy cuenta de que es un colegio antiguo y abandonado), miro a mi amigo que se ha quedado parado en la ventana. Lo quiero saludar, pero él está cabizbajo. Le grito, pero ni aún así levanta la cabeza. Vuelvo a la galería y aterrizo suavemente su lado. Cuando ve mis pies, se anima a mirarme.
-¿me viste volar? -le pregunto.
-No; me dio miedo. Mejor así, porque únicamente los áizenbergs pueden volar sin alas.
Como era de esperar, cuando despertamos, él no se acordaba de nada.


*el suceso ocurrió muchos años atrás. El día anterior, habíamos ido a una exposición de Roberto Aizenberg lo que, obviamente, explicaría las palabras de mi amigo.

A "Juana" (sí, le habían puesto de nombre "Juana" y era una chica de unos quince años), le convidaban un porro en la escuela. Después, se la iban comiendo los bichos. Millones de ellos. Le recorrían todo el cuerpo mientras ella gritaba y se convulsionaba aterrorizada bajo el estruendo de una música enloquecedora.
La publicidad terminaba con ella, sentada en la calle en estado catatónico, sucia y desalineada, mientras una tétrica voz en off aconsejaba algo así como... "no dejes que te pase lo que le pasó a Juana... No te drogues"... o algo así.
Y cuando terminó, yo estaba aterrorizada.
-tengo miedo... -le dije a mi mamá haciendo pucheros- tengo miedo de que me pase lo mismo que a Juana y me coman los bichos...
-nooooo! pero eso es película... eso es mentira... a vos no te van a comer los bichos, quedate tranquila que es una fantasía.
-pero ¿por qué se la comen los bichos?...
-no se la comen los bichos, Tere... es película...

Esa noche tuve la primera pesadilla (de las tres que recuerdo) de mi vida.
Estoy acostada en mi cama y Juana, convertida en muñeca patilarga, intenta romper el vidrio, y yo sé que si entra, me va a pasar todos esos insectos que me van a entrar por la boca y los ojos y me van a ir comiendo desde dentro hacia fuera.
A partir de ahí ya no me acuerdo, pero mi mamá (que dice que no sabía qué decirme aquella vez) me cuenta que la próxima vez que volvieron a dar esa propaganda, yo me tapé los ojos.

¿Alguien en el mundo vio esa monstruosidad alguna vez?
(haber visto eso, que me hayan tenido que rescatar los bomberos después de una hora de estar atrapada en un ascensor, y que me hayan rescatado del mar con bote y todo mientras una multitud hacía ronda para verme salir muerta, constituyen parte del patrimonio envidiable de mi existencia).

Soñar con despertadores


Suena la manteca de cacao. Yo la saco del bolsillo de mi chaquetilla e intento apagarla del botoncito que tiene al costado pero no hay caso. Intento e intento pero se ve que está trabada y sigue sonando hasta que me despierto y apago el despertador.
Me vuelvo a dormir.
Ahora el protector labial, por suerte ya dejó de sonar.
Me prometo que la próxima vez, voy a comprar uno normal. Sin alarma.
Y por más que lo pienso no puedo entender a quién se le pudo haber ocurrido fabricar un despertador manteca de cacao.

Me gusta soñar con laberintos de escaleras.
Que siempre hay más y más habitaciones con escaleras que suben y que bajan para cualquier lado como un cuadro de Escher repetido, pero rodeado de puertas abiertas.
Entro por esas puertas y es maravilloso: otra estancia repleta de escaleras para elegir y nunca hay final, pero nunca vuelvo al principio.
Es un sueño reiterativo que lejos de ser claustrofóbico es sublime.
No sé qué es lo que me fascina de esas bifurcaciones infinitas, pero no quisiera por nada del mundo llegar a una habitación ya visitada aunque quizás estoy regresando permanentemente y el paso del tiempo con sus cambios me impiden darme cuenta o, cuando me voy, otras personas en sus sueños entran a modificarla tanto que la próxima vez que entro me resulta irreconocible.
O acaso estoy soñando en el mismo lugar y lo único infinito es el sueño.

Muchas veces sueño que estoy soñando.
Como a estos sueños los puedo "direccionar" y manejar como yo quiero, podría cumplir en ellos todos mis deseos, pero siempre aparece el mismo impedimento, el miedo a estar muriéndome en la vida real.
Por ejemplo, si al descubrir que es un sueño decido tirarme desde un barranco y volar, en la mitad del vuelo sobreviene el miedo y entonces empiezo a caer. Intento convencerme de que al no ser real seguramente terminaré de caer sin que me pase nada malo, pero entonces aparece la lógica que me dice que quizás en la realidad mi edificio se está derrumbando y que si no me despierto voy a morir aplastada.
Sólo dos palabras bastan para abandonar las aventuras:
"Quiero despertar"
Cuando despierto me quedo muy quieta y arrepentida de haberme asustado. Intento retomar el mismo sueño esta vez dispuesta a disfrutar del vuelo pero apenas estoy nuevamente en el borde del abismo vuelve a atacarme el miedo.
Ahora directamente evito tirarme. En diez segundos estoy olvidando que estoy dormida y pierdo la posibilidad de volar hasta el próximo sueño.
Hasta el día de hoy, nunca conseguí llegar a las nubes.

El final perfecto

















Soñé con la novela perfecta.
Cuando me levanté no lo podía creer. Jamás puedo pasar de las cuatro hojas y se me empiezan a desgajar los cuentos, pero ahí la tenía.
Muy cinematográfica, pero por fin manteniendo firmemente la tercera persona (los que intentaron salirse del estilo "diario íntimo" saben lo difícil que es no escribir en primera persona).
Un final tan inesperado como el de "Los otros" o "Sexto sentido".
Increíble. Hasta tenía en la cabeza algunas líneas y diálogos impecables. Una maravilla literaria.
La estuve repasando como por diez minutos. Pensé en tomar apuntes en el momento, pero como la tenía tan clara y estaba tan despierta... No iba a olvidarme de esa obra de la literatura contemporánea.

Me quedó el principio, aunque sin lo literal.
El hombre, jóven (treinta años es un pendex y no se atrevan a discutirlo), dinero, belleza, muy de vanguardia, Di Tella o Malba, (según la edad desde la que se lo mire) entraba al baño y había sangre salpicada por todos lados. En el lavamanos blanco un peine lleno de pelos y sangre.
Sangre en el inodoro y en el piso. Pero no era suya y tampoco se acordaba de quien podría ser. No se acordaba de nada (Sonaba a abundancia de alcohol y mucha merca, pero atrás de eso se podría estar escondiendo algo más metafísico).
Un mareo de pánico lo embargaba, sin recuerdos, pero con la certeza de que algo malo había ocurrido.
Buscaba algo o alguien pero estaba solo en la casa enorme de alfombras blancas (blancas sin sangre)
El timbre traía consigo a cinco personas bellas y andróginas. Y todas tenían algo que ver con lo que había pasado ¿anoche?, aunque nadie sabía demasiado bien nada. (Nadie Nada Nunca)

Me gustan los finales circulares, pero no sé si mi sueño estaba de acuerdo con mi gusto. Lo que si sé, es que entre todos descubrían algo, y aunque ninguno estaba muerto, el descubrimiento era tan asombroso como el de "Sexto sentido" o "Los otros", aunque más críptico y desesperante.
Si alguien sabe qué pasó en esa habitación, que me avise.
(¿Un peine lleno de pelos y sangre??)
Juro que la próxima vez lo anoto.
Se acerca el frío. Yo detesto el frío.